En las navidades del 2020 publiqué Lo que me hubiera gustado decirte en Navidad. Cuatro años más tarde llegó Lo que me hubiera gustado decirte en Navidad (2024’s version).
Este año por fin he comprendido algo distinto: que no se trataba de un tú. Porque siempre fui yo.
Que todo lo que otros puedan pensar, decir o proyectar sobre lo que debería ser, sobre lo que me falta o me sobra, deja de pesar cuando miro con calma todo lo que he cuidado con tanto mimo. Este espacio. Este refugio. El Baúl De Las Vidas.
Un blog que comenzó hace muchísimos años, casi sin saber por qué, y que hoy releo con una mezcla de orgullo y ternura. A veces vuelvo a textos antiguos y me pregunto cómo fui capaz de escribir cosas tan bonitas. Y otras veces sonrío, porque ya no me sorprende tanto: con los años he comprendido que soy capaz. Que soy valiente. Que he sabido cambiar, volver, caer… y también volar.
Podría hablar de amor, como hice en 2023. Podría hablar de las ausencias, de las sillas vacías y del hueco que no se llena, como en 2024. Y aunque ese dolor sigue viviendo en mí, y vivirá siempre, este año he decidido hablar de comprender. Comprender que este blog no habla de nadie más que de mí. Que he crecido, y él ha crecido conmigo. Que incluso en la etapa en la que tengo menos certezas que nunca, hay algo que por fin tengo claro: todo ese amor es mío.
He aprendido que, a veces, hay que caminar a oscuras. Tocar las paredes con las yemas de los dedos. Dejar que la música provoque un pequeño seísmo por dentro. Visitar sombras que incomodan, quedarse ahí el tiempo que se necesite, y entender que solo se sale de ciertos bucles cuando te atreves a abrazar lo que también duele. Cuando permites que tus sombras, por fin, te abracen a ti.
Habrá personas que te tiendan la mano en silencio. Incluso cuando esas sombras asomen entre las costillas, ahogándote algunos días y dándote calma otros. Y en los días en los que no sepas quién eres ni hacia dónde vas, seguirán ahí. A los veinte comprendí que no quería medias tintas. A los treinta, que no quiero migas. Que como dice la teoría de la silla, si no tienes tu espacio sin pedirlo, nunca fue tu lugar. Supongo que con los años seguiré comprendiendo.
Comprender que hay amistades que permanecen, otras que se terminan, algunas que solo pasan. Y que todo está bien. Que dejar ir también es amor. Que no quiero volver a no ser visto. Porque en una vida en la que muchas veces me sentí insignificante, aprender a darme valor ha sido un soplo de aire fresco. Como salir del mar después de aguantar la respiración durante mucho tiempo.
Y sí, en ese camino se pierde gente. Porque hay malas costumbres que no se pueden arrancar de otros, pero sí se pueden dejar de sostener. Y es que a veces, hay que borrar y volver a escribir.
En un mundo acostumbrado a relaciones superficiales, nadie es del todo culpable. Pero siempre puedes elegir: quién sí y quién no. Y te das cuenta de que no necesitas otro para que complete el sentido. Solo a uno mismo.
Este texto no pretende ser bonito ni conmover. Solo dejar constancia de que estar vivo es un proceso precioso, pero a su vez profundo y desordenado. Caótico y aleatorio. Con lo bueno, con lo malo, con todo el corazón volcado en este espacio. Y si estás aquí, leyendo estas palabras, regalándome tu tiempo, una de las cosas más valiosas que existen, quiero recordarte algo:
Eres suficiente.
Incluso cuando dudas. Sobre todo entonces.
Feliz Navidad.
Daniel Sánchez


