Hay un instrumento de cuerda sonando en mi habitación a través del altavoz del móvil, vuelvo a tener una vela encendida en mi escritorio. Es mayo y la brisa veraniega anticipada acaricia mis brazos desnudos. Mi cuerpo pesa. Y mis ojos achinados recuerdan las risas de esta mañana. Mi piel guarda el sol del domingo, que se ha impregnado a fuego lento en mi memoria. Algo se ha vuelto a activar. Algo diferente. Algo mejor. Algo que de verdad será inolvidable.
No hay juicios. Ni intentos de corrección. Es una canción lenta que va in crescendo. Es esa banda sonora de una escena donde la tensión se va intensificando en cada nota musical. Es la espera de algo que no has planeado. Que no has buscado. Porque hay cosas que no se buscan, nunca. Y lo mejor es que se encuentran. Mentira. Te encuentran. Se chocan contigo. Te atropellan. Te abrazan. Te levantan. Y entonces, explotan.
Explota como mayo azota con las primeras mañanas cálidas, como la primera noche con la ventana abierta mientras el aire mece tu cabello. Como las olas contra las rocas, como una carcajada en medio del silencio. Explota como tu pecho al terminar un entrenamiento, como tu cuerpo después de salir de fiesta una noche de verano mientras suena tu canción favorita. Como tu piel al notar la parte fría de las sábanas en pleno julio.
Hay veces que nos tenemos que topar con situaciones atípicas para ver las cosas con diferentes perspectivas. Un día crees saberlo todo y, al día siguiente, te das cuenta de que no sabes, absolutamente, nada.
Y qué bien sienta no saber nada.
Daniel Sánchez
