DE CUANDO EL CLICK NÚMERO 800

Me vuelvo a encontrar en mi habitación, sentado sobre la cama, con una vela encendida creando un halo alrededor, mi gata ronronea y mi portátil está feliz de que escriba tanto últimamente. Y es que ha vuelto la explosión en el pecho. Ingente. Como un tsunami cubriendo mis ventrículos por completo, abriéndose camino, cubriendo la superficie y terminando en una cascada de emociones como si fuera el gran diluvio. Los ojos me vuelven a brillar y, no sé si será que tomé el sol el lunes, pero mi cara tiene mucha más luz.

Hoy, porque en cuanto a sentimientos siempre suelo hablar de hoy, no de mañana, lo encuentro todo bajo control. He vuelto a creer en mi suficiencia. Una suficiencia que se había difuminado bastante. He vuelto a ver que soy capaz y ver todo lo bueno que puedo ofrecer y mi pecho bombea hacia el exterior. La forma en la que ando ha cambiado un poco, vuelve a dar pasos firmes y, si viene un traspiés, vuelvo a pisar con decisión, aunque siempre con un poco de miedo. Es inevitable.

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Estoy siendo capaz de gestionar todas esas emociones a un nivel que nunca había conseguido y me siento tan orgulloso de estar probando cosas nuevas, de ver otros puntos de vista y de que mi perspectiva hacia la vida haya cambiado completamente. Qué lástima que tengamos que sufrir para que nuestra mente cambie radicalmente. Y es que hay días un poco raros, que de esos los tenemos todos, pero puedo ver una versión en paz. 

Hace unos días, me contaron cómo finalizó la caída de Salazar; mientras éste esperaba al callista, una caída de la silla marcó el final de su dictadura, acabando en coma. Por ello, Marcelo Caetano subió al poder, mandando tropas a África que acababan muriendo. Los soldados, cansados, deciden poner dos canciones el 25 de abril en la radio a una hora en la que no estaba permitida la emisión; la canción que había representado a Portugal en Eurovisión y la canción Grândola, Vila Morena. La gente, al día siguiente, se quedó en sus casas y los tanques salieron. Sin embargo, Celeste Caeiro, que podría ser yo perfectamente, salió hacia el trabajo esa mañana sin enterarse de lo que estaba ocurriendo. Cuando se enteró, fue corriendo a su casa y un soldado la interceptó. Ella, temblando, no podía hablar y el soldado, al verla, intentó calmarla preguntándole si tenía un cigarro. Ella, con miedo, le dijo que no fumaba, pero que tenía claveles y le dio uno. Él lo agarró y lo puso en su cañón, señalado que no tenían la intención de abrir fuego.

Cuando terminaron de contar la historia, toda la piel de mi cuerpo se erizó y comencé a pensar en que las buenas acciones existen y que aún hay buenas personas que desean hacer las cosas bien de corazón. Que solo faltó un clavel para unir a personas y acabar con toda esa situación. Y qué bonito que mi piel se erizara, porque en ese momento, me sentí vivo, descubriendo el mundo para poder comérmelo cuando quiera. Sentí calor, aunque empezaba a chispear. Sentí y punto.

Ahora, mientras hago cosquillas al teclado con mis pensamientos y veo la herida que me he hecho hoy en la pierna, sonrío al pensar que es la única herida que, hoy, duele.

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Daniel Sánchez

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