DE CUANDO LA POLÍTICA SE VUELVE INCORRECTA

Son las tres y media de la madrugada. Mi gata ronronea a mi lado y una vela con aroma Meraki de La Petita Llum se consume en el escritorio. He visto tres películas en un día y en todas había algo que he creído que era imprescindible en esta vida: el amor. Sin embargo, he tenido que rescatar esa idea de la basura, porque la había enterrado entre latas y papeles. Con ella, se habían ido las ganas de escribir y mi pecho se había despojado de todos los sentimientos románticos. Todo se había vuelto mecánico. Frívolo y perverso. Había venido un bucle en forma de huracán del que no podía escapar.

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Me había convertido en piedra; una fría, inexpresiva e inaccesible. Algo que no se puede traspasar, una muralla demasiado alta para que saltaran, o para que pudiera saltar yo. No había forma de que se derritieran las estalactitas que adornaban esa muralla y, por ende, que mis dedos bailaran, una vez más, por el teclado de mi portátil nuevo. Mi pecho había dejado de enviar impulsos eléctricos para crear una nueva historia. Y las historias nunca volvían a empezar.

Pero ha comenzado todo a derrumbarse después de un seísmo que no ha podido pasar desapercibido para nadie. No sé si Richter hubiera sido capaz de darle valor numérico a este ingente temblor. Ha sacudido esquemas, pecho, manos y pupilas. Todo se ha puesto de patas arriba de una forma muy bonita. Un baile lento donde los tropiezos pasan desapercibidos. Y una noche de invierno se ha convertido en un verano anticipado en una trinchera acolchada. Ha dejado de haber eco.

Y así, todo ha vuelto de repente, pero con más fuerza y mejor. Los brillos en los ojos, las sonrisas incontrolables. La fuerza, como un chute de adrenalina, emanando de dos manos que colisionan cada minuto del día. Dos pares de labios que no se cansan de estamparse. Paseos sobre la espalda, visitando cada planeta en ese universo en el que nunca te cansarías de deambular una y otra vez. Y en realidad, la culpa la tengo yo, porque siempre me gustó el mar.

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El tiempo se detiene cada vez que dos cuerpos se separan y se mueven a cámara rápida cada vez que la gravedad del destino vuelve a juntarlos. Y todo parece intensificarse cuando hay una bruma de café impregnada en las paredes.

¿Qué nos hará sentir ciertas cosas? Es algo que me pregunto con frecuencia sin mucho éxito, pues por mucho que me pregunte, no consigo dar con una respuesta. Al final, llego a la conclusión de que qué más da lo que nos haga sentir así, porque me quedo con lo incorrecto, aunque hablemos de política.

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Se ha vuelto a hacer verano.

Daniel Sánchez.

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