Anoche me puse a ver la cuenta de Nostalgia Milenial. Y, aunque sabía que iba a originar un torbellino de emociones y sentimientos, empecé a ver sus reels. Y ahí estaba: yo, en el sofá, con la manta azul con flecos, viendo Art Attack.
Un día de Nochevieja con la mesa llena de mi familia, la chimenea encendida y mi padre haciendo las gambas. Mi prima y yo haciéndonos fotos con la cámara digital. Mi tía enseñando la liga roja.
Un sábado por la mañana viendo los anuncios de juguetes y después Sabrina: Cosas de Brujas. El anuncio de la Mansión de la Tía Agatha.
Los regalos de cumpleaños: El Emperador y sus Locuras, una entrada para el cine, un libro llamado ¿A mí qué me importa?, al que debería haber prestado más atención para el futuro. Los programas navideños: Carlos Baute y Marta Sánchez cantando Colgando en tus manos. El Aserejé. Una mañana con Lizzie McGuire o una tarde de deberes mientras veía Las Tres Mellizas, Los Rugrats o Hannah Montana. Por supuesto, después de pasar por El Diario de Patricia.
Ir en el coche de tu madre mientras suena Ave María, después de haberte tragado el primer OT de todos. Poner la minicadena con Chenoa y montar un concierto en el salón. Encontrar una cinta de casete rosa con el nombre de Rebeca y que empiece a sonar Duro de Pelar. Mi hermano y yo jugando al Tekken y mi hermana arreglándose para salir. Hacernos una foto para revelar. Decir que te duele la garganta para que tu madre te diera una cucharada de Dalsy.
Las vacaciones de verano con su Megatrix y El Grand Prix. ¿Un Drácula o un Frigopie? Cogerle el walkman a tu hermano. Enviar zumbidos por Messenger. Pasar horas jugando a Los Sims.
Si me llegan a decir que, en aquella época, todo se iba a degenerar tanto, no me lo habría creído. Ni me habría imaginado que las redes sociales pasarían de ser un lugar donde etiquetar a tus amigos en fotos de fiesta en Tuenti, subir imágenes random, contar tu día en Fotolog, enviar zumbidos por Messenger o conectarte y desconectarte a posta para que te saludaran, a convertirse en un escaparate de lifestyle cada día más inverosímil. Tampoco pensaba que las generaciones futuras fueran a ser cada vez más cerradas de mente, ni que la gente llegara a juzgar tanto.
Y, a pesar de todo lo que la vida ha ido cambiando, me contentaría con volver a abrir la puerta emocionado cuando sonaba el timbre en Navidades. Subir el volumen de las luces de colores del árbol con sus villancicos sin letra. Atragantarnos con las uvas. Confundirnos con los cuartos. Me contentaría con volver a tener las sillas ocupadas y la casa llena de ruido. De risas y palabrotas. De sobremesas eternas.
A veces me duermo y cierro los ojos. Y entonces pienso:
volved en un Trix.
Daniel Sánchez.