Últimamente, mi cabeza no deja de bombardearme el pecho con preguntas:
¿Alguna vez me veré bien en el espejo, de verdad?
¿Dejaré de preocuparme por el qué dirán?
¿Pararé de sobrepensar por las noches?
¿Volverán a irse?
¿Dejaré de pensar que soy yo el problema?
¿Tendré algún día el cuerpo que quiero?
¿Me volveré feo al envejecer?
¿Dejaré de sentir que molesto a todo el mundo?
¿Se me olvidarán las voces de quienes ya no están?
¿Se sentirá la Navidad como antes alguna vez?
¿Qué pasará cuando falten más?
¿Seré suficiente?
¿Sirvo para mi trabajo?
¿Estoy viviendo la vida que quería?
¿Dejaré de sentirme válido ahora que terminé los estudios y no tengo una nota que mostrar?
¿Cómo ha pasado el tiempo tan rápido?
¿Queda algo de aquel niño?
¿Dónde estaré en diez años? ¿Estaré?
Ayer cené con dos amigas. La conversación giró en torno a nuestra generación: ese puente entre lo analógico y lo digital. Hoy he visto un vídeo que decía que dentro de nosotros conviven dos mundos; que somos el puente del cambio. Yo sé que no solo soy dos mundos. Tengo claro que soy infinitos.
Y en mis mundos todo colisiona. Traen luces, pero también sombras, porque mi cabeza no funciona de forma práctica.
Con los años, he ido construyendo una seguridad que no tenía de adolescente. Pero también he acumulado preocupaciones que antes no habitaban en mí. Y con ellas, a veces, llega la nostalgia como una ola que te golpea por sorpresa.
Mi cabeza va unida al pecho y, entre colisiones estelares, erupciones volcánicas y universos que se forman alrededor, mi cuerpo decide seguir.
Sin más. Seguir por lo que considera justo, por amor a las situaciones que ha elegido vivir.
Y aunque las preguntas enturbien las experiencias —creo que nos visitan a muchos—, hoy, al salir del entreno, me sentía ligero. Feliz. Válido en todos los sentidos.
Y, a pesar de lo imperfecto, ha sido perfecto.
Me he dado cuenta de que, con las personas, no debería importar si soy más reservado o más atrevido; si peleo por lo que creo justo; si digo lo que pienso; si pongo límites; si, por fin, he aprendido a decir no. Quien quiere, se queda. Sin más. Sin excusas. Sin juicios. Con o sin tiempo: está.
Y, a día de hoy, las personas que siguen haciendo de una noche entre semana, de una mañana o de un sábado por la tarde un lugar acogedor —de esos con música lenta y una chimenea— son las que quiero a mi lado.
Personas que apagan las voces. Que borran las preguntas de la pizarra.
Personas que hacen que el mundo, mi mundo, consiga quedarse en silencio, aunque sea por unos segundos.
Y en estos días de tanto ruido… ¿quién no valora el silencio?
Daniel Sánchez


