DE CUANDO UN POSTIGO DE MADRID

Me siento en un banquito de madera. Hay unos zuecos de señora bien colocados en el borde ocre del banco. Hay un ventanal que da a un patio. Ilumina toda la estancia. Es uno de esos portales que mantiene ese oasis de frescor, aunque en el exterior se desatara un incendio descomunal. Es un sábado por la mañana. Y no sé si es la resaca, tanto emocional como literal, la que hace que todo vuelva a explotar.

Y es, en ese preciso instante, cuando todo arranca. Arranca el pasado. Esa sensación de frescor en un postigo; me viene a la cabeza uno diferente, palmeras verdes sobre un fondo blanco. Y ese olor. Ese olor adictivo que, por mucho que quiera ponerle adjetivos, es imposible describir. Huele a un perfume veraniego amaderado. De esos que te hinchan los pulmones y despejan todos tus obstáculos. Y es ese aroma el que me arrastra de repente a un torbellino de emociones.

Y entonces, cierras los ojos. Ves una playa en pleno julio. Estás dentro del agua, que cubre hasta tu pecho. El solo se refleja en cada gota del mar que baila en tu pelo. Estás sonriendo. Se oyen risas y gritos. Te zambulles. Hay gente corriendo; otra salpicándose.  Huele a crema Nivea. A Ruffles y a berberechos.

La arena quema bajo tus pies y corres dando saltitos hasta llegar a la sombrilla. Hay una mesa azul claro y una nevera azul oscuro y blanca. Vuelvo al postigo, al irreal, al que está en mi mente, mientras mi cuerpo sigue en un banquito de un postigo de Madrid. Veo un botón de un ascensor amarillo, muchos espejos. Vuelvo a la playa, donde veo colchonetas hinchables; veo una mesa en un campo, de punta a punta, con el aperitivo. Huele a leña. 

Vuelvo a la playa, donde mis pestañas, tras haber absorbido el agua salada del mar, pesan. El sol me ciega. Pero sonrío. Me zambullo, una vez más, en ese pasado tan bonito que he construido en la oleada mágica que trajo aquel postigo de Madrid. Y vuelvo a guardar esos recuerdos bajo la almohada. Una vez más, seguiré soñando con ellos. 

Qué curioso. Hay ocasiones que, aunque estés lejos, puedes estar más cerca que nunca de aquello que echas de menos y te hizo feliz una vez. Y, aunque sea un ratito, vuelves a esa infancia que pareció deslizarse en el tiempo como una estrella fugaz. Qué capacidad tienen los olores de llevarte con personas o momentos que viviste y ya no están.

Qué capacidad más bonita tenemos…

de echar de menos.

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Daniel Sánchez

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