DE CUANDO LAS MIL Y UNA GRACIAS

Hace dos semanas, terminé Las Gratitudes, un libro sobre la importancia de dar las gracias. Gracias antes de que sea demasiado tarde. Hoy, mientras conducía y miraba por el retrovisor, donde los faros de los coches jugaban a disfrazarse de luciérnagas, engolfadas en un baile aleatorio, he reflexionado sobre el tema. Y es que, hace unos años, no le daba mucha importancia. Sin embargo, desde hace un tiempo, un «gracias» lo cambia todo. Tal es así, que un «Gracias por este ratito» se ha convertido en algo más bonito que un «Te quiero».

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Y ese gracias se puede representar de varias formas. Son esas personas que te dicen: «Ojalá te vieras con mis ojos. No sabes lo que vales». Es una hermana que te recuerda lo bueno que tienes cuando los pensamientos que rondan tu cabeza deciden venerar un esperpento. Es el abrazo de tu madre —donde parece que se paralice el mundo y cure los males por un ratito— cuando te marchas los domingos. Las gracias también pueden ser infundadas por una inspiración tras una conversación. Inspiración en varios ámbitos donde creías menos en lo que hacías, porque en el mundo de las redes sociales, la vida, esa que la gente tan perfecta tiene, no encajaba con la tuya. Y te encuentras en pos de esa supuesta felicidad, que nunca llega. Y es que, tras una charla informal, de temas enlazados, caes de bruces en la realidad, y esa realidad, que todos vivimos, alejada de las redes sociales, comienza a reconfortarte.

Es, también, esa persona que decide quedarse en el asiento del copiloto de tu coche antes de subir a casa, aunque sea solo por una sucinta conversación más; o esa persona que abre, no solo sus sábanas, sino también esa cajita en la que guarda sus preciados pensamientos.

Te das cuenta de que todos estamos en el mismo plano. Que no es todo tan bonito, pero tampoco tan malo. Y aunque al amanecer, al mirarte al espejo, puede que siempre veas un Saturno devorando a sus hijos, en realidad, eres un maldito Beso de Klimt.  

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Daniel Sánchez

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