Como he ido diciendo en algunas entradas últimamente, este año está siendo muy diferente. Parece que todo comienza a cuadrar. Y no hablo de que cuadre como todo el mundo espera, pero sí de tal forma que hace que rezume una tranquilidad muy palpable por las extremidades de mi cuerpo. Y hacen cosquillas de lo bien que sienta. Parece verano de forma permanente.
Hay un muro infranqueable ahora mismo que permite que mi pecho respire a pleno corazón. Todo parece estar bien. Y es que, conseguir esa paz mental que tanto cuesta encontrar y mantener está siendo lo mejor que me ha podido pasar en años. Es evidente que, al haber todo tipo de personas, haya alguien que quiera perturbar todo aquello que te ha costado conseguir. Y mucha gente se cree con el derecho de exigir. Qué equivocadas están. Piensan que podrán irrumpir en tu vida y volver a desbaratarlo todo. Sin embargo, no saben que mientras conseguías todo aquello que te proponías, has ido tejiendo y construyendo muros que por mucho que lo intenten, no son capaces de bajar. Y no saben que, al llegar a uno de los puntos más bonitos de tu vida, ya tienes todos esos muros firmes. Has aprendido a priorizar y relativizar. Y joder, sienta tan bien. Lo que hace unos años podría ser una entrada a un bucle, ahora se ha convertido en… nada.
Y es que siguen sin saber que ya no. Que manipulación es una palabra que se ha esfumado de mi diccionario. Se ha ido con control y exigencia. Se han perdido. Y no digo que no vayan a volver algún día, pero ahora están desaparecidas y, por eso, cuido con tanto mimo todo aquello que me hace sentir bien. De ahí que haya caído en la cuenta de que quiero estar feliz todo lo que pueda. Y eso me ha llevado a desprenderme de complejos, del qué dirán. De todo lo que me pueda provocar una caída. Me ha llevado a ser más yo. Y eso ha hecho que ponga muchos límites a todo aquello que intente interponerse entre ese bienestar y yo. Y de verdad, ha sido una de las mejores decisiones que he podido tomar.
Y entre ese caos tan bonito que protejo, llega una noche, vuelven los vestidos rosas, Sonia y Selena, miradas cómplices y alguna sonrisa que otra. Miradas sostenidas y sonrisas traviesas. Ponen una canción de Bad Gyal y un cañón explota en papeles blancos que inundan la estancia, brazos en alza y a gritar, mientras dos cinturas deciden colisionar, como si de una supernova musical se tratara. Y vuelven a juntarse, para separarse en un intento de agarrar una bocanada profunda de aire, coger impulso y volver a destruirse en esa fricción al ritmo acompasado de la música que viaja a nuestros oídos. Y vuelvo a ver mundos diferentes, girando entre ellos, jugando a ver quién da más. Y todo tu cuerpo despierta, poniéndote los pelos de punta. Y parece que te ven. Cuando siempre has tenido la sensación de no encajar y, aunque siga siendo así, parece que te ven. Y lo más importante; parece que, por fin, te ves.
Y entonces, esa noche, hay una segunda explosión de papeles blancos inundando cada rincón de tu cuerpo.
Y sonríes.
Otra vez.
Daniel Sánchez


