DE CUANDO UNA BANDA DE MÚSICA EN PARÍS Y UNOS CÓCTELES EN LONDRES

¿No os ha pasado alguna vez que, de repente, decides desabrocharte el cinturón de seguridad y decides caer al vacío? Y decides dejarte caer con la tranquilidad de que nada malo ocurrirá. Eso es lo que me ha estado ocurriendo desde que el 2025 comenzó. Evidentemente, es una sensación que no durará siempre, pero espero que se quede lo necesario para construir historias más bonitas en mis ventrículos.

Unas semanas antes de entrar en el nuevo año, sentía una especie de calor en el pecho que me hacía sentir como acogido, como si algo bueno fuera a irrumpir en mi cuerpo, destrozando todas las puertas y ventanas y decidiera quedarse unos días, meses o incluso años. 

Un huracán lleno de paz. Y es que, puedo decir que, por primera vez en mi vida, siento tranquilidad. En todos los sentidos. He activado el modo vuelo en casi todas las situaciones de mi vida y ha sido lo mejor que me ha podido pasar. Y ahí es cuando decidí prescindir del paracaídas. Mi vida siempre ha sido un poco caos y el modo alerta era difícil de abandonar. Ahora, he desactivado todas las alarmas. 

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No sé qué ha cambiado en mi manera de pensar, solo sé que sea lo que haya ocurrido en mi mecanismo de hacer las cosas, ha hecho que dejara de obsesionarme por situaciones que nos suelen rondar la cabeza de vez en cuando, ha hecho que abandone más complejos que solemos arrastrar de año en año y ha hecho que mi pecho explote de tal manera que ha liberado todas las presiones que habitaban en él. Me ha hecho caer en la cuenta de que todo lo que pudo ser y no fue, todo lo que fue y dejó de ser y todo lo que no ha sido y podría haber sido tiene una explicación. Y es tan sencilla como la de dejarme ser. Sin filtros, haciendo las cosas que me gustan, haciendo que siga explorando mundo y viviendo nuevas experiencias que jamás pensé que viviría. En definitiva, avanzar. 

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Me despierto todos los días y me siento, por muy cliché que suene, en una nube. Tengo esa sensación que se queda en el cuerpo, y en los párpados, después de un día de playa. Me vuelven a decir eso de: “Cada día estás más guapo”. Y pienso que no es que cada día me vuelva más guapo. Creo que cada día estoy más feliz. Soy más libre. Tengo más ansias de saber y conocer. Y me he quitado esas ganas por agradar. Esas ganas por mantenerme lo más cordial posible para complacer al resto. Ha sido como arrancarse espinas de la espalda una a una. De una forma u otra, ha sido liberador. Lo más bonito que me han dicho este año, de momento, ha sido que he dado fuerzas para dar un paso y que había empoderado a esa persona tan solo con estar. Creo que ha sido una de las cosas más bonitas que me han dicho en mi vida.

Pensar en todo esto mientras veía a una banda de música tocar en Sacré Coeur o decidía tomar unos cócteles por Londres, ha sido la gota que ha colmado el vaso para llegar a la conclusión de que todo lo estoy haciendo con un amor que siempre olvidamos.

El propio.

Ayer leí esta frase en una publicación: “Crea una vida que ames. De esas de las que cuando te quedes ratitos a solas, pienses: [Qué bien lo estoy haciendo]”.

Y joder, lo estoy haciendo de puta madre.

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Daniel Sánchez

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