Hay una extraña sensación cuando llegas nuevo a un lugar, y más cuando nunca has sabido dónde está realmente tu sitio. De pronto, tu pecho se divide en dos; por un lado, se iza un mar de dudas, con la marea subiendo cada día, sin saber muy bien qué harás conforme pase el tiempo. No sabes si es mejor seguir con la decisión o recular y dejarlo todo como antes. Ordenar las piezas rotas del tsunami que has provocado y coger tu manta estrellada y protegerte de lo desconocido. Estar a salvo de nuevas vivencias; de nuevos sentimientos, de no ser suficiente o del qué dirán. Por otro, comienzas a aferrarte a ese sentimiento de novedad, de diversión, de bromas y de valía. Comienzas a experimentar pequeñas explosiones en los ventrículos de tu corazón, cada día más fuertes y cargadas de positivismo. Minas que revientan fuegos artificiales a borbotones por tus pupilas que son imposibles de ignorar.
Llegas a pensar que, con esta nueva etapa, vienen experiencias necesarias para todo lo que llevas construyendo en la vida y coges ese aire fresco y frío que azota tus mejillas como alguien que abraza a un ser querido después de tanto tiempo sin verlo. Un abrazo firme, fuerte y cálido. De esos en los que cobijas tu rostro en el hombro de esa persona y el corazón se derrite un poquito. En ese momento parece que la incertidumbre no es tan importante y la mantienes en un segundo plano. Y es ahí cuando algo se acciona y hace parecer que las personas son más humanas, más cercanas y más bondadosas.
Comienza el color rojo a predominar, hay vasos rosas y música invadiendo los tímpanos, que se cuela haciendo mover cuerpos al ritmo de esas notas musicales esparcidas por la sala. Llegas a barrer con la mirada la habitación y no hay nada más que besos por allí, abrazos, charlas entretenidas y risas. Muchas. Hay rejillas y tirantes. Camisas y jerséis. Y en ese momento, donde se encuentran oscilando mundos muy diferentes, que pueden conocerse bien o no conocerse en absoluto, consigue llegar una fusión. Y ahí todo está bien. Nada importa. Porque lo único que llega a importar es sacar la música de tus extremidades moviéndote a su merced. Y de repente, llueve confeti, hay chispas de fuego y caes en la cuenta de que es una réplica de todo lo que está sucediendo en tu interior. Y sonríes. Sonríes fuerte.
Nunca había pensando que a lo diferente, al fusionarse, se le puede llamar arte.
Y espero que, dentro de unos años, pueda decir:
“Qué arte tan bonito he vivido”.
Y espero que el arte te pille desprevenido
y no te quede otra que… bailar.
Daniel Sánchez


