DE CUANDO LA TOMA DE DECISIONES

Al final y, sobre todo cuando vas cumpliendo años, la vida se convierte en una toma de decisiones. Ya no se trata de ver si escribimos el enunciado del ejercicio de clase en negro o azul -era en azul, obvio-. Son unas decisiones más maduras. Han crecido y requieren más miramiento. Algunas son difíciles de cojones. Sin embargo, a las personas como yo, que lo piensan todo de una manera interminable, que se celebran juicios en el techo de su habitación todas las noches, que te convalidarían la carrera de matemáticas intentando solucionar tantos problemas (muchas veces imaginarios) de madrugada, tomar decisiones puede ser muy complicado.

Y aunque mucha gente, muy entendible, decida no arriesgar en esa toma, mi curiosidad puede con ese miedo que se instala en los huesos y, de vez en cuando, te deja paralizado. Un día, a tus casi 30, ves todas las cosas que puedes seguir haciendo y que, en el mismo lugar donde creciste, no podrás hacer crecer nuevas flores. Y te das cuenta de que quieres más. Quieres vivir más. Y entre un julio abrasador, granitos de arena y agua salada, te inspiras y decides qué puedes hacer para un nuevo glow-up. Decides quién sin y quién no. Decides dónde. Y sobre todo, decides que tú, siempre, siempre, primero

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Y es que quizá veas que la vida no es aquello que te dijeron que debías hacer. Ni aquello que hoy en día te siguen diciendo que hagas. Que solo existe ese camino y si no lo sigues, andarás solo, sino que va un poquito más allá, que no hay que quedarse plantado donde te regaban. Y que quizá no somos un árbol, que donde echa raíces, ahí se queda. Quizá somos pájaros, que vienen y van, que se quedan y se vuelven a marchar. Quizá somos pájaros, que vuelan con otros pájaros hoy y al mes siguiente reposan en las ramas con unos nuevos. Y se vuelven a marchar y vuelven entre tanto aire remoloneando por sus plumas.

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Y reitero que los cambios son duros. Y parece que puedas haber tomado una mala decisión al principio y todo pinte negro, pero nada más lejos de la realidad. Después de tomar una decisión importante para ti, creo que la paciencia debe jugar un papel muy importante en ese proceso. Dejar que las cosas se asienten y, en especial, todas las emociones que afloran y pelean y se vuelven a reconciliar en el lado izquierdo de tu pecho. Y solo con un poco de tiempo, vuelves a sacar lo que realmente eres, porque ir de nuevas a un sitio e intentar mezclarte con nuevos pájaros cuando tu ‘yo’ de verdad sigue en un proceso de adaptación es frustrante. Pero de repente, vuelve ese brillo de ojos que se había ido de vacaciones, las mejillas parecen tener más color y la sonrisa parece que le cuesta cada vez más marcharse. Y vuelves a subir los brazos al ritmo de la música en un festival, quedándote afónico mientras malcantas esas canciones que solías escuchar. Y mientras tus alas, como si fueran un aspersor, van rociando un poco de purpurina por distintas partes del mundo. Y tu pecho se hincha. Y vuelves a explotar. Y esa energía vuelve a apoderarse de tu cuerpo, recorriendo cada milímetro de tus extremidades, una vez más. Se llama poder.

Nunca sabrás qué podrá pasar. Y siempre tendemos a quedarnos en el lado negativo, pero ¿quién le iba a decir a tu yo adolescente que iba a ver una secuela de El diablo viste de Prada y Princesa por sorpresa? Pues eso.

Yo siempre fui de volar. Y de, ¿quién me lo iba a decir?

Pues nadie.

Esa es la idea, ¿no?

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A todos nos han dicho alguna vez que no podíamos. O que no debíamos.

Se equivocaban.

Daniel Sánchez

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