DE CUANDO MUCHA PURPURINA Y UN FESTIVAL

No hay nada que más me guste en este mundo que escuchar música. Especialmente, en directo. Cuando voy a sitios donde la música está a todo volumen, los pelos de mis brazos deciden despertarse de forma repentina. Y mi pecho parece que va a estallar en mil pedazos de felicidad. Siento tanta alegría que creo que puedo morir en ese preciso instante. Ya sabéis que hay personas que sentimos lo bueno y lo malo de una forma muy intensa. Y entonces, una canción que a cualquiera le puede parecer lo más corriente del mundo y no darle más importancia que unos cuantos pasos y un tarareo, para mí puede ser un antes y un después. Millones de momentos reproducidos como si de una película se tratase invaden mi mente. Y mi corazón se inunda de distintas emociones.

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Y ahí surge la explosión. Una explosión bonita. De esas en la que piensas en los momentos que has pasado con tus amigas desde que ibais al instituto o a la universidad juntos. Momentos que escasean cuando los treinta están llamando a la puerta y se avecinan cambios en todas nuestras vidas. Y empezáis a cantar a pleno pulmón, como si se tratara del último día en la tierra, canciones a alguien que no está. Y en cada boca, cada letra tiene una interpretación diferente. Y no hay nada que me parezca más bonito que un puñado de gente junta disfrutando de las letras de las canciones, cada persona con sus historias y su cargas en la espalda, pero esos días, todos juntos bailando y riendo, intentando olvidar un poco esos problemas que inquietan y tan solo, atrapando el momento.

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Y mientras anoche me duchaba, y los restos de la purpurina se deslizaban por mi cuerpo hasta desparecer por el desagüe, pensaba que en un mundo donde nos hemos acostumbrado a la inmediatez, a usar y tirar, a las aplicaciones y redes sociales y a la superficialidad, había aparecido en mi pecho algo de esperanza. Algo quizá un tanto típico y más tradicional. Algo que pellizcaba un poco mi cinismo creado estos últimos años. Algo que me hacía ver que quizá no está todo perdido ni tengo que darlo todo por perdido. Algo que todo el mundo debe experimentar una vez en la vida.

Y es que, bajo las luces de un festival, la música a todo trapo, unos tintos y la felicidad por todo lo alto, puede acercarse alguien, decirte lo guapo que eres, descolocarte por completo y entonces… colisionar. Y colisionáis en medio de todo el mundo, mientras la gente salta al ritmo de música que, en ese momento, para mis oídos estaba en un segundo plano. Y los focos barrían el recinto. Y la música parecía cada vez más alta, y hacía más calor, los músculos se tensan, los labios comienzan un baile y las yemas de tus dedos deciden emprender un viaje.

Y entonces, en ese preciso instante, brillas. 

Brillas. 

Y no, 

no era la purpurina. 

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Daniel Sánchez

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