Hay veces que vivimos en modo de espera. Esperamos a que nos hablen, a que nos digan de quedar, a que nos den un ‘like’. Esperamos a que venga alguien especial y rompa con todos los esquemas, a que nos pase algo explosivo que nos haga estallar de felicidad. A tomar una decisión, posponiendo situaciones que nos podrían llenar por completo. Y me da por pensar y quizá, hay algo de miedo fluctuando por ahí que nos hace retrasar las cosas que nos pueden hacer felices porque tenemos pánico a que vaya mal.
Y estas últimas semanas, he estado reflexionando mucho sobre esa espera. Y como soy una persona que medita las cosas al milímetro (bueno, casi todo), esto no iba a ser menos. Y he llegado a la conclusión de que me he cansado de esperar. De esperar a la gente y a situaciones que quizá nunca lleguen. Que mi tiempo vale más de lo que yo he pensado siempre. Porque tendemos a querernos poco y mal, anteponiendo a otras personas a nosotros mismos. Y en ese instante, he sabido que no quiero anteponer a nadie más. Quizá suene egoísta, pero si no me equivoco, se llama amor propio.
Estos últimos días, creo, ha sido un comienzo a esos cambios que mi vida necesita cada vez más. He conocido gente nueva que me ha hecho ver algo que no podía ver por lo que la sociedad nos impone e intenta que traguemos con un embudo. Y entonces, mi cerebro y mi pecho han decidido tomar cartas en el asunto. Y salir más de la zona de confort; de aquello que siempre hemos llamado vida, sin saber que la vida va más allá. Y te hacen ver que la libertad es algo tan bonito que no hay que perder ni un minuto haciendo funambulismo en la cuerda del qué dirán. Ni de quedarte donde se supone que te tienes que quedar, porque que haya sido tu hogar hasta ahora, no significa que lo siga siendo. Y es que al final, te cansas de la autoexigencia que te impones todos los días, del perfeccionismo que intentas controlar. Y llega un día que, poco a poco, vas deshaciendo esos nudos de la espalda. Y que si quieres bailar ‘Cuando zarpa el amor‘ con una copa en la mano con gente que no conoces, pues te lanzas, bailas y puntos suspensivos…
Hoy, mientras volvía a mi casa conduciendo, mientras se escuchaban bocinas por el fútbol y con una resaca tanto emocional como literal del sábado noche, he llegado a la conclusión de que hasta la más lagarta necesita un refugio. Bueno, ¿y quién no quiere uno?
Gracias.
Daniel Sánchez
