Paso por los bares y veo manteles blancos. Impolutos. Copas boca abajo y tenedores cubiertos con servilletas a juego con los manteles. Niños corriendo y padres sentados mientras la brisa veraniega remueve sus cabellos. Una cerveza y unas olivas. Y en mi cabeza suena: ‘Cuando llega el calor, los chicos se enamoran‘. Y huele a fiestas de vecinos, a cenas en el jardín con la familia y a música de los 2000.
Entonces, vuelvo hacia el pasado. El corazón se encoge y un nudo se instala en mi estómago. Nostalgia. Mucha. Cada año viene más fuerte. Como esa ola que te pilla distraído en el mar y te envía hasta la orilla de vuelta. Como esa tormenta un día de verano en la playa. Y te envuelve en una sensación muy extraña. No la identificas. Porque es una tristeza que duele por esos momentos buenos que has vivido. Qué curioso, que algo que fue bonito te ponga tristón. Las noches de verano cenando con tus padres y tíos. Vacaciones. Los helados Drácula o los Frigo Pies (qué ricos, por cierto). Los días de playa. Las colchonetas simulando barcos. Las noches en el campo. Los aperitivos.
Creo que de ahí viene mi obsesión por los aperitivos. Por los momentos de la infancia que los han acompañado. De una forma u otra, me transportan al pasado y me siento un poco a salvo. Sin embargo, últimamente solo pienso en no dejar pasar momentos y, si los dejo pasar, me siento un poco mal. Y viene agobio a hacerme una visita. Y es que, me da miedo que la nostalgia se vaya acumulando y que vaya a peor. Porque echar de menos es algo horrible cuando hay personas que ya no están. Y caes en la cuenta de que ya no habrá más aperitivos los veranos, ni días de playa ni cenas los viernes por la noche en el bar de al lado de tu casa. Ni Dráculas ni Frigo Pies.
Hay que aceptar que hay cosas que se terminan, que hay gente que se va y no vuelve. Y que hay momentos que, aunque creamos que son eternos y que no cambiarán, se transforman o desaparecen. Que habrá nuevos, diferentes y que te sacarán veinte carcajadas por minuto. Pero la nostalgia estará ahí. Algunos días más latente, otros días no tanto. Siempre quedará la escritura cuando la nostalgia me golpee.
Menos mal que existen las orillas. Refúgiate en ellas.
Daniel Sánchez
